Catalina, una joven bella, elegante y adinerada, fue victima del amor hacia un joven que trabajaba para su padre como capataz de su hacienda. Ella, al ser una joven que pertenecia a una familia religiosa, no le permitían poner sus ojos en ningún hombre, ya que los planes de sus padres para ella eran tenerla en un convento y servirle a Dios.
Catalina al defender su amor por el joven se negó rotundamente a los planes de sus padres y planeó fugarse con el amor de su vida. Su padre al darse cuenta de su plan, decidió arrebatarle la vida a aquel joven que su hija amaba dejando a catalina con el corazón roto y muerta en vida.
Desde aquel fatídico día, la joven vistió de negro por el luto que le guardó a su amado, cargando entre sus manos un rosario y rezando por su eterno descanso. Jamás perdió su elegancia y belleza, pero sus ojos reflejaban su tristeza del alma y el coraje por los designios de Dios.
Nunca se convirió en monja y murió amando a un único hombre, aquel que fue el amor de su vida, cargando su rosario y la pena por la muerte de su gran amor.